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El 65% de los empleos que ocuparán nuestros niños aún no se ha 'inventado'

Lo que aprenden hoy se quedará caduco antes de que puedan usarlo. ¿Cómo acabar con la obsolescencia educativa?

REVISTA DE PRENSA • 17/10/2017

El futuro visto desde el presente siempre es esquizofrénico, lleno de voces confusas. Pensadores, gurús y (por qué no decirlo) vendedores de humo nos presentan dos escenarios antagónicos relacionados con el empleo: Armagedón o Arcadia feliz. Los primeros consideran que el desarrollo de la inteligencia artificial provocará colas de parados nunca antes vistas, mientras que los optimistas ven más trabajo, más renta y más bienestar para todos.

Pero hay un punto en el que todos coinciden: los niños que hoy van a la guardería necesitarán herramientas que el sistema educativo español aún no es capaz de proveer. Si no se pone remedio, serán víctimas de un fenómeno: la obsolescencia educativa. Y el último estado de esta enfermedad es la exclusión social.

La tecnología siempre es más veloz que cualquier programa gubernamental de educación. Un baile entre dos que siempre está desacompasado. En 2016, el choque entre las ofertas de trabajo de las empresas y los perfiles de candidatos creció un 29% en Europa.

El problema es que la revolución de la robótica hará que esta brecha tradicional se convierta en un precipicio. El impacto de la inteligencia artificial, cuyas inversiones crecen un 55% anual, «es 10 veces más veloz y 3.000 veces mayor que la revolución industrial», según el think tank McKinsey Global Institute.

Las alarmas en los sistemas educativos se han contagiado gracias a algunos puntos de un estudio publicado en 2013 por Benedikt Frey y Michael Osborne, profesores de la Universidad de Oxford. En él, pronostican que el 65% de los alumnos de Primaria van a estudiar carreras para puestos de trabajo que aún no se han inventado. Auguran que, en 2030, casi la mitad de los empleos que conocemos podrían estar automatizados o subcontratados. A pesar de que hay expertos que ponen en duda estas estimaciones, lo cierto es que éstas se han extendido como la pólvora y son coletilla habitual en discursos de políticos y grandes empresarios. Una profecía hoy es dogma de fe.

«El que mucho abarca poco aprieta. Hay que saber, sí, pero tenemos que desarrollar nuevas habilidades en el aprendizaje», apunta Lucas Gortázar, investigador en la Universidad del País Vasco con experiencia en distintos departamentos de Educación del Banco Mundial. Estas nuevas habilidades, necesarias para la supervivencia laboral, han sido recogidas por la Comisión Europea.

El trabajador del futuro deberá ser versátil y creativo para moverse por distintos campos. Tendrá que estar dotado de conocimientos matemáticos y científicos; competencia digital; idiomas; habilidades sociales, culturales y cívicas; iniciativa y capacidad de emprendimiento. Y, sobre todo, hay un mandamiento que regirá su destino: aprender a aprender. «Más allá de la transmisión de contenidos hay que centrarse en la educación integral y de todas las inteligencias del alumnado», dice Xavier Aragay, experto en docencia que acaba de publicar Reimaginando la educación (Ed. Paidós).

Si la educación fuera un equipo de fútbol, el mediapunta virguero va a estar menos cotizado en el mercado del Mañana que el mediocentro todoterreno que se recicla en distintos puestos. Los casemiros van a costar una fortuna, más que los iscos y asensios.

Para el filósofo y pedagogo José Antonio Marina, una sociedad del aprendizaje se rige por la ley implacable de la supervivencia: la que obliga a personas e instituciones a aprender al menos a la misma velocidad con que cambia el entorno: y si quieren progresar deben hacerlo a más velocidad. Marina, que ha impulsado la campaña Pasión por el aprendizaje desde la Universidad de Padres, considera que esa movilización tiene que comenzar en la escuela, seguir en las universidades («que no lo están haciendo», puntualiza) y culminar en las empresas. «Muchas de éstas últimas están organizando sus propias universidades corporativas», dice. «Son conscientes de que tienen que convertirse en organizaciones que aprenden».

En 2030 la mitad del empleo de hoy podría estar en manos de máquinas

Inversor y filósofo. El sistema español ha de luchar con el estancamiento registrado en los datos PISA, su déficit en algunas titulaciones y el poco predicamento de la formación continua. Para Diego Rubio, profesor de la Escuela de Relaciones Internacionales y Gobierno del IE e investigador asociado de la Higher Education Academy de Reino Unido, la flexibilidad es la clave: «En España es inconcebible ver a un licenciado en Filosofía trabajando en finanzas, aunque tenga talento para ello».

Para combatir esta rigidez, el profesorado es imprescindible. Debe ser incentivado. Mejores sueldos y más prestigio social («en Japón los únicos que no tienen que inclinarse ante el emperador son los educadores») y, si es necesario, tomar medidas coercitivas contra aquellos que no estén dispuestos a seguir formándose. «No podemos permitirnos que, por ejemplo, un estudiante de Informática aprenda en la facultad a programar en el lenguaje A, porque cuando se incorpora a la vida laboral A está obsoleto y vigente el lenguaje B», dice Rubio. «No hay que enseñar un lenguaje determinado, sino a ser capaces de aprender rápido los lenguajes venideros».

A medio plazo, los predictores de Recursos Humanos consideran que los empleos del futuro los ocuparán profesionales de las tecnologías y bases de datos, analistas, científicos... También estarán a salvo aquellos trabajos que requieren de un factor humano capaz de convivir con máquinas inteligentes como, por ejemplo, la hostelería o la atención sanitaria. En la picota, víctimas de algoritmos y robots, estarían administrativos, contables, conductores, montadores y personal de limpieza.

Más adelante... nadie lo sabe. Quizás nos estemos preocupando por algo que no tendrá sentido si triunfan las polémicas tesis de la Singularity University que, desde Silicon Valley, abogan por tal superioridad futura de la inteligencia artificial que los humanos seremos incapaces de hacer nada mejor que las máquinas. Viviremos en tal pachorra tecnológica que no estaremos obligados a formarnos para trabajar: tan sólo nos dedicaremos a labores que no queramos delegar como la administración de justicia o la política.

El futuro exige un debate sobre Educación -tanto político como social- de gran altura. Para muchos expertos en el campo educativo, las discusiones sobre la reforma salvadora del partido de turno, el número de alumnos por aula y si es mejor estudiar Religión o Educación para la Ciudadanía son pleistocénicas. Uno desconoce si sus sobrinos, que en estos momentos están en la guardería haciendo el mal buscando enchufes que tocar y armándose de plastilina, serán en 2040 cosechadores de agua atmosférica o evangelistas de la criptomoneda. Tan sólo quiere que no corran el riesgo de haber nacido viejos.


Autor: Jorge Benítez en el mundo.es el 17/10/2017.



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