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¡QUERIDO PAPÁ!

OPINIÓN • 29/09/2017


-     Buenos días.

Marta, bolígrafo y cuaderno en mano, ¡qué bella reportera!, me sonríe con una sonrisa que conquista, y me envuelve en la caricia de su mirada dulce, cálida.

-     Buenos días. ¿Puedo ayudarte en algo?

-     Es que – me hurta, tímida, la mirada – la profesora de literatura nos ha pedido que hagamos una redacción que se titule “¡Querido papá!”.

-    Seguro que la haces muy bien – la animo yo.

-     No. Tenemos que pedir – lee en su cuaderno – a una persona mayor que nos cuente los recuerdos y sentimientos que guarda, de cuando era niño, en relación con su padre.

-     Y ¿tú crees – le digo con fingida sorpresa – que yo soy mayor?

Mira mi pelo completamente blanco, sonríe y no dice nada.

-     Pensaré un poco sobre los deberes que me pones. Nos vemos aquí mañana.

-     Gracias. –Y se reúne, ligera, con sus compañeros, que ya suben a clase.


Mañana fría, cielo azul intenso, sol mortecino. Noviembre. Son las fiestas de la patrona. Mis paisanos van acercándose a la iglesia, mientras se oye, cada vez más próximo, un pasacalle. Me veo niño, menudo, delgadito, agarrado a la mano ancha, poderosa, grande, de mi padre. Vestimos gabardinas nuevas. Y esperamos.

La imagen se difumina en la lejanía, pero los sentimientos, que aún ahora me embargan, son fuertes, vívidos. Son sentimientos de admiración y orgullo. Admiración a aquel hombre, joven aún, a quien adoraba. Orgullo, por ir de la mano del más fuerte, del más elegante, del mejor deportista, del más inteligente de todo el pueblo. A mi modo estaba gritando a los cuatro vientos: ¡Es mi padre, es el mejor padre del mundo! Revivo esas imágenes y renuevo esos sentimientos que, con el tiempo, no han hecho sino acrecentarse.

Tenía, sin duda, una gran inteligencia. Resolvía con facilidad y acierto los problemas que su entorno, de labrador, le planteaba. Y ¿qué otra cosa es la inteligencia? Sabía hacer sus tareas y las hacía bien: araba la tierra como nadie, hacía de herrero, si era necesario, ejercía de albañil, de carpintero, de herrador, cabalgaba con habilidad y era de los mejores jugando a la pelota… Y sabía ganarse el afecto de todos. Pertenecía a una de las familias más humildes del pueblo, pero creo que muchas de las muchachas le pretendían. Aunque, siempre discreto, no le oí presumir de ello.

-     Voy a la tierra del monte. ¿Vienes conmigo?

Me encantaba acompañarle. Y lo hacía siempre que podía. La tierra del bosque era una parcela larga, larga, y estrecha, que seguía la linde del bosque y llegaba hasta la Cruz de Lara. Allí, me contaba, un lobo de esos solitarios, tal vez hambriento, apareció entre los matorrales y le dio un tremendo susto. Me maravillaba cómo mi padre podía trazar los surcos tan rectos, tan paralelos, tan iguales, tan largos.

-     ¿Cómo se hace? ¿Nunca te tuerces? – pregunté, curioso, mientras caminaba tras él por el fondo liso del surco que iba trazando.

-     Es fácil. Arar es como vivir. Hay que fijar la vista en el horizonte, agarrar con firmeza la mancera y no apartarse del punto de mira. Entonces todo sale bien.

De vez en cuando me dejaba probar a mí. Yo dirigía el arado, pero con su mano sobre la mía.

Fue un día claro, luminoso, de cielo azul radiante de primavera, de esa primavera de Castilla de la que dice Machado que “tarda, ¡pero es tan bella y dulce cuando llega!...”. Con las lluvias y el sol se tiñen de verde los arboledas, y los campos, antes yermos y pardos, lucen ahora con el color de miles de diminutas flores. Un día así mi padre me llevó a la parcela de la vega,  una tierra blanda y suelta. Me abrió la arada y me dejó seguir a mí, mientras él iba al otro lado del arroyo, a poco más de un tiro de piedra, a podar el majuelo que yo mismo le había ayudado a plantar. Era mi alternativa. Así me lo tomé.

-      Cuando termine en la viña – me había dicho -, vuelvo, recogemos y nos vamos a casa a comer.

Aunque parezca otra cosa, era un trabajo que yo sabía y podía hacer, y estaba, además, encantado de hacerlo. Terminé antes que mi padre. Recoger el arado, ponerlo en su carrito y sujetarlo, requería un poco más de fuerza. Pero por allí pasaba mi primo Aureliano con su par de mulas, él me ayudó.

-     Súbete al macho. Sígueme a mí y ten mucho cuidado al cruzar la carretera.

Volvía yo más ufano que un caballero andante, deseando encontrarme con alguna pequeña Dulcinea. Cuando mi padre llegó a casa, todo estaba en orden. La cara de satisfacción que puso, fue para mí un premio extraordinario. Me maravilla la nitidez con la que vuelven a mi memoria estas vivencias. Parecen de ayer mismo.

En la tierra del pozo, también en la vega, una buena tierra de regadío, mi padre cultivaba remolacha, que era más rentable que el cereal. Necesitaba un techo para guardar el motor, un motor grande de tamaño, pero de escasa potencia, heredado de mi abuelo, con las azadas, monteros y demás. Yo le ayudé a construir la caseta. Preparamos los adobes, mezclando la tierra con agua y paja.

-     ¿Por qué echas la paja en el barro?

-     Para que el adobe resista mejor y no se parta. La paja une el barro, lo traba. –Mi padre estaba siempre dispuesto a satisfacer mi curiosidad-.

Se vertía el barro sobre el mencal, se aplastaba un poco y allí quedaban  dos adobes más secándose al sol.

En la linde de la finca, a la sombra de un precioso manzano, allí emplazó la caseta. Con qué cuidado manejaba la regla, la plomada y la cuerda, para que las paredes quedaran rectas, perfectamente verticales y con las esquinas bien cuadradas. El hueco se cubría con un entramado de maderos y tablas, sobre el que se colocaban las tejas con la inclinación adecuada, y bien ajustadas unas a otras para evitar goteras. Con unas cuantas tablas armó una puerta “muy aparente”, decía, y la aseguró con un candado.

-    No es el palacio del Duque de Lerma, pero servirá.

-    Y si llueve un día podremos refugiarnos.

-    Y sentarnos a la sombra a tomar un trago fresco, si aprieta el calor.

Disfrutaba con estos pequeños, pero tan útiles trabajos. Así construyó un palomar, un cobertizo para cuidar gallinas, conejos…, y otro, para las ovejas y corderos. ¡Cualquiera diría que eran obra de un albañil de profesión!

Los corderillos le encantaban. Siempre soñó con tener un rebaño de ovejas. Cada vez que yo volvía de vacaciones, era obligado ir a ver las ovejas y sus corderos. Conocía a cada uno y los cuidaba a todos con mimo. Tanto, que cuando, para celebrar algún evento, se reunía la familia en torno a un buen asado de uno de sus corderos, él se resistió siempre a probarlo. Les quería demasiado, decía.

-    ¿Qué pasa que hoy tarda tanto el Urbanín?

-    No vendrá, está pachucho.

-    ¡Pero mañana hay que arar!

Cada tarde, a la caída del sol, cuando el cierzo frío de la meseta se cuela entre las calles del pueblo, se reunían en la herrería unos cuantos labradores para poner a punto las rejas de los arados. Si el herrero faltaba, alguien, mi padre lo hacía a menudo, ocupaba su lugar. Eso me encantaba, porque me dejaba tirar del fuelle y avivar el fuego donde las rejas de hierro se ponían al rojo vivo.

-    Ten cuidado con las chispas y ponte detrás de mí – me advertía siempre.

Mi padre se protegía con un grueso delantal, unas gafas, cogía la reja con la mano izquierda enguantada, colocaba la parte incandescente sobre el yunque, y con un martillo pequeño marcaba el punto donde un ayudante debía descargar el martillo pilón. Alternaban a compás el sonido agudo del martillo  pequeño y el más grave del martillo grande. El repiqueteo, hermosa melodía, llenaba la estancia y la plaza contigua. Luego, mi padre, ya solo, remataba la faena con suaves toques, siempre a compás, unos golpes contundentes en la reja y otros, más suaves, sobre el yunque, como calculando dónde aplicar los golpes siguientes. Al introducir la reja,  en un bidón  preparado al efecto, el agua herida por el hierro candente exhalaba un profundo quejido, resuelto en diminutas lágrimas que formaban una nube blanca de vapor. Para mí aquello era cada vez una sorpresa nueva.

Además de herrero, le tocaba también ejercer de herrador.

-    Dice mi padre que se le ha caído una herradura al Moro.

-    Bien, dile al tío que voy enseguida. Preparad las cosas.

El Moro era el único caballo del pueblo. El brillo, siempre muy cuidado, de su pelo negro llamaba la atención. La banda blanca que recorría su frente, le daban una prestancia singular. “Es una bala”, decía mi padre. Y podía saberlo, era el único al que mi tío Valeriano le dejaba correrlo a galope tendido, como el día aquel que tuvo que ir a avisar de urgencia al médico, D. Melchor, porque mi tía se había puesto enferma. El caballo, como si adivinara lo que le iban a hacer, se mostraba inquieto. Mi padre le hablaba en tono tranquilizador hasta calmarlo, mientras le acariciaba suavemente. Luego acariciaba la pata que debía herrar, hasta que el Moro permitía doblársela. Enseguida, con todo cuidado, limpiaba la pezuña y rebajaba la callosidad excesiva y la alisaba. Acomodaba la herradura al tamaño y forma del casco, y preparaba los clavos para sujetarla. Eran unos clavos largos y planos, de cabeza grande. Les doblaba levemente las puntas para que entraran con la inclinación precisa y asomaran por el lateral de la pezuña, antes de tocar la parte sensible. Yo no podía evitar un escalofrío, a pesar del cuidado con que veía trabajar a mi padre. Cortaba la parte saliente de los clavos y los remachaba a la medida justa. Siempre terminaba acariciando el lomo y la testuz del caballo, mientras le hablaba en tono sereno. El caballo parecía entender y buscaba con su hocico la cara de mi padre. Luego le daba unas vueltas para que el Moro se acostumbrara a su nuevo calzado. Me maravillaba cómo mi padre había aprendido a herrar observando únicamente. ¡Y lo bien que lo hacía!


Al llegar el mes de Junio, los campos van madurando. A la puesta del sol, cuando hace un poco de viento, las mieses ondean como un mar de oro en calma. Es todo un espectáculo. Aunque dura demasiado poco. Hay que segar antes de que una nube traicionera se lleve, con un pedrisco, tanta belleza y las menguadas ganancias. Soñaba con sentarme un día en la segadora y dirigirla. Me llamaba la atención la rueda grande de hierro, tan alta como yo, y el engranaje del que dependía todo el mecanismo. Los cuatro rastros giraban acompasadamente y, uno detrás de otro, caían sobre el corte y empujaban la mies hacia el tablero. En el frente del tablero la sierra se movía vertiginosa entre los dientes de hierro cortando las cañas.

Aquella tarde el ciego sol de Castilla, que dice el poeta, caía a plomo sobre nuestras cabezas, protegidas apenas por gorros y pañuelos.

-    Coge la bici – me dijo mi padre – y vete a la ferretería por un par de cuchillas para la sierra. Ya sabes, cuando llegues a la carretera general llevas la bici de la mano.

Cumplido el encargo, volvía tan satisfecho que quise celebrarlo soltando las manos del manillar. Las ruedas patinaron en la gravilla con la que estaban parcheando la carretera. El brazo y la pierna derechos se me llenaron de raspones y magulladuras. Sangraba lo bastante como para no poderlo ocultar.

-    Cógete la bici, pero sin tonterías, busca a D. Melchor, el médico, ya sabes dónde vive, y pídele que te cure.

Don Melchor dejó su partida y subió a su consulta a curarme. Aún conservo la cicatriz que una gravilla me dejó en el codo.

-    Si a la vuelta no estamos aquí segando, búscanos en la finca de “Las Arrenes”.

Allí estaban. No voy a ocultar que sentía un poco de temor. Mi padre tenía toda la razón para echarme una buena reprimenda.

-    Monta en la segadora – me dijo- apenas llegué. Ya te he abierto yo el corte. Ahora sigue tú, así puedo ayudar a tu madre, que con ese brazo vendado poco vas a poder hacer tú.

Aquello me sonó a premio extraordinario. Me subí al asiento de hierro, al lado de la rueda grande, de la vieja McCormy. Desde allí dirigía con los ramales a las caballerías. De trecho en trecho, donde mi padre me había marcado, me deslizaba del asiento, agarrándome bien, para llegar al pedal al que mis cortas piernas no alcanzaban de otra manera. Mi menguado peso lo accionaba y uno de los rastros barría el tablero y depositaba la mies acumulada en el lugar preciso.

Ni un doctor en psicología habría podido darme una lección más eficaz. Mi padre, claro, tenía la ventaja de que me conocía muy bien y me quería aún más, así que, donde otros habrían empleado un castigo, él utilizó un premio. Me evitó alimentar mis sentimientos de temor y acrecentó los de estima y afecto. Y nunca más volví a tontear con la bici, ni recuerdo haberme caído otra vez.

Y es que mi padre merecía haber estudiado. Las circunstancias apenas le permitieron aprender a leer, escribir, tenía una letra preciosa, y cuentas, como se decía entonces. Pero siempre fue un espíritu curioso. Cuando años después, en vacaciones, recorríamos rutas turísticas de Burgos, se interesaba por la historia y el arte de Silos, Covarrubias, Oña, Frías, Clunia… A su modo estimulaba en mí el deseo de aprender y “hacer carrera”. En las noches de invierno, largas, frías, la familia, con frecuencia también algún vecino, se reunía en la “gloria”, la habitación calentita de la casa. Cubriendo la mesa, un tapete con el mapa de España. Inventábamos viajes imaginarios, siguiendo el cauce de los ríos, saltando cordilleras, navegando entre golfos y cabos. Y salpimentaba la lección con historias de los lugares que había recorrido en la mili. Un día, por ejemplo, me contó que había salido de paseo con un compañero por las afueras de Castellón. Aprovechaban para coger unas naranjas, guardarlas bajo la cama y completar la pobre dieta del cuartel. Vieron venir una avioneta enemiga disparando. Su compañero  salió corriendo, mi padre, más inteligente,  se lanzó tras él, y le placó por los pies mientras le gritaba “¡No te muevas, no te muevas! El tableteo de la ametralladora cesó unos metros antes de llegar a su altura. Sintieron hasta el aire de sus hélices, tan raso volaba. Pegados a la tierra oyeron cómo el zumbido del motor se fue ahogando en la lejanía. Se levantaron y se abrazaron en un abrazo interminable. Allí se selló su amistad. Bastantes años después he visto a ese amigo en mi casa por las fiestas de la patrona. Venía, le oí a mi padre, a buscar novia. Era normal. Y siguieron siendo amigos toda la vida.

Tenía una facilidad especial para hacer amigos. Sólo por amistad abandonó un cómodo puesto de asistente del coronel, en Burgos, y se fue al frente. “¿Es que no te trato bien?, ¿no estás a gusto conmigo?”. “No, mi coronel. Me trata como a un hijo. Pero todos mis amigos se van y quiero estar con ellos”. Por suerte pertenecía al cuerpo de zapadores, así que, aunque estuvo en zonas calientes, Teruel, Belchite, el Ebro…, se mantuvo lejos de la línea de fuego. Los zapadores iban en la retaguardia reparando puentes, abriendo caminos, restaurando edificios… Nunca tuvo que disparar a nadie, creo que no lo hubiera soportado. Y no por cobardía. Yo le vi enfrentarse, a cuerpo gentil, a un energúmeno exaltado que, blandiendo una hoz, nos amenazaba con contarnos el cuello. Fue por la vendimia. Son días de alegría, de movimiento, de bromas. A veces, pesadas. Como los lagarejos. Un chico buscaba sorprender a una chica y restregarle por la cara un racimo rojo y madurito. El tacto pringoso y dulzón del mosto, resbalando por las mejillas, no era nada agradable. La chica, claro, sorprendía a su “agresor” del mismo modo. Si la cosa pasaba a mayores, algún adulto paraba el juego y a vendimiar. Es lo que pretendíamos hacer aquella mañana. Aparcamos el carro con los cuévanos vacíos en un majuelo que no era nuestro, pero del que mi padre había comprado la uva. Cuando vimos venir, gesticulando aparatosamente, era sordomudo, y con una hoz en la mano a un desconocido. Daba miedo. “Quedaos junto al carro”. El sordomudo era copropietario de la viña, pero su hermano no le había hablado de ninguna venta. Mi padre le explicó, el hombre se calmó y pudimos vendimiar y seguir la fiesta.

Los vecinos del pueblo siempre apreciaron su valía. Era Alcalde cuando llegó la democracia, salió elegido en las primeras elecciones democráticas, y casi por unanimidad, y el resultado se repitió en las segundas, terceras, cuartas. Sólo su delicada salud le obligó a renunciar al cargo, que mantuvo tanto tiempo, pero no por ambición alguna, sólo pretendía mejorar un poco su pueblo. Llevó el agua corriente a las casas, pavimentó las calles para que no siguieran convirtiéndose en un barrizal cada vez que llovía, se amplió el tendido del  teléfono, se renovó y amplió el alumbrado, se reparó el ramal de carretera de la entrada al pueblo, se arregló el lavadero… Una buena gestión, creo yo.

-    ¿Sabes? Me queda la pena de no haber podido restaurar la ermita de San Juan. Habría sido bonito venir en romería, como se haría antes, comer en la ladera y saltar las hogueras por la noche.

Se trata de una capilla en ruinas de la que no quedan ni su espadaña, ni mobiliario, ni puertas, ni techumbres…, sólo las paredes desconchadas en lo alto de la loma por donde se asoma el sol cada mañana. Y así continúa todavía hoy.

La vida de un pueblo de labradores no es sólo trabajo, pero todos los días, incluso los domingos, a pesar de las riñas de D. Victorino, el cura, el campo urgía con alguna tarea inaplazable. Sólo en algunos domingos de otoño o primavera, en invierno hacía demasiado frío y en verano había demasiado trabajo, por la mañana, después de la misa, los jóvenes se reunían a jugar a la pelota. El muro de poniente de la iglesia, una pared amplia, bastante lisa, con un ventanuco muy pequeño, servía muy bien de frontón. El piso era de tierra, pero duro y plano. Evelio se encargaba del tanteador, dibujando con un lápiz, lado a lado, según caían los puntos, los cuadrados correspondientes.

-    Os reto – dijo el maestro, un mocetón de dos metros que jugaba divinamente- a Urbanín y a ti, por mi padre.

-    Bien. Y ¿quién será tu pareja?

-    Tú – era yo-. Ponte en la esquina y me vas a buscar la pelota si se escapa.

El maestro ganó, ¡con mi ayuda! La victoria se celebraba en la bodega con un “vaso de buen vino” y fresquito.
He comenzado hablando de la primera imagen que guardo de mi padre. Podría seguir espigando recuerdos. Es cierto que en el cielo azul, limpio, trasparente de Castilla, a veces se atraviesa alguna nube, pero, como dice el poeta,

“mi rosal tiene tiempo sólo para dar flores
y no derrocha savias en pinchos punzadores”

Me doy cuenta, y no me sorprende, que no recuerdo si alguna vez me dijo “te quiero”. Creo que tampoco yo se lo decía. Pero ¡qué importaba! En sus últimos días, cuando cada tarde volvía de mis clases, le encontraba acomodado en su sillón, tomando una dosis de oxígeno, para reparar sus escasas fuerzas, mientras mi madre leía con parsimonia algún librito de letra grande, como “El lápiz del carpintero”. Apenas asomaba yo por la puerta, se le iluminaba el rostro con una sonrisa y su mirada me lo decía todo.

¡Qué suerte para mí haber podido guardar en la memoria esos momentos! Y que lo sepas, padre, te quise mucho y te sigo queriendo, aunque siento no habértelo repetido muchas veces, ¡querido papá!

-    Buenos días.

-    Muy buenos días, Marta. Que conste que he hecho mis deberes.

-    Muchas gracias – sonríe-.

-    Pero ya sabes que los mayores, como decís vosotros, nos enrollamos un poco. Así que tienes mi permiso para resumir, acortar y cambiar, hasta dejar la redacción a tu gusto. Mejorada, claro. Tienes que dejarme bien.-Marta sonríe y me mira tímida-.

-    ¿No crees que me he ganado un beso?- Se ruboriza levemente y me da dos besos. Demasiada paga, pienso yo, para mis pocos méritos-.


Autor: D. Félix Elena, profesor emérito del Colegio Privado Engage



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