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El Blog de una madre desesperada

Educar asombrados

REVISTA DE PRENSA • 20/09/2016

El nuevo juguete de patio para los amigos de mi segundo hijo es una botella de agua medio llena. La tiran, hacen que dé una voltereta de trampolín olímpico en el aire y la gracia es que caiga de pie. Este verano, se pasó una tarde entera intentándolo. Ellos son así. Seguro que se le ordena por alguna razón y las protestas llegan al Tribunal de Derechos Humanos: «Luis, esta tarde te vas a dedicar a tirar una y otra vez esta botella al aire. Tienes que conseguir que al menos 10 veces caiga de pie». Aventuro que, en ese caso, el umbral de aguante estaría en cinco minutos. Esta semana me contó que es moda en el patio. Que ya se ha pasado lo de las peonzas molonas que nunca dominó. Tampoco cambian cromos de la Liga. Y yo feliz. Una botella de plástico en la cuesta de septiembre.

Aunque, en realidad, somos los adultos los que nos empeñamos en aficionarles a juguetes más o menos caros. Como aquel invernadero en miniatura que le compré, porque le vi seguir con cierto interés la evolución de una planta.

La anécdota le gustaría a Catherine L' Ecuyer, la autora de 'Educar en el asombro', un libro que me ha resumido una de esas amigas que sí leen sobre educación para que luego yo pueda meter alguna puya en los grupos de Whatsapp del colegio. La canadiense me gusta porque es humilde. Ella no va de innovadora porque ya hablaron los griegos del asunto. Me encanta cuando explica que los padres de hoy en día nos hemos convertido en animadores de ludoteca, incapaces de soportar que uno de nuestros hijos suelte un "me aburro".

Por eso les llevamos a exposiciones de arte contemporáneo para que nos suelte el "me aburro" mejor allí. Pero, claro, serán más cultos en el futuro. Tiendo a generalizar porque yo estoy deseando que me suelten la frasecita para decirles "es tu problema". Pero me puede la incoherencia. A continuación, le pido a su padre que se eche una pachanga de baloncesto con ellos, para que él me conteste: "¿Tú te crees que mi padre jugó alguna vez conmigo al 21?". Pero va y yo sigo leyendo.

No funciona intentar que les asombren cosas descubiertas por nosotros. Les puedes contar que se dediquen a seguir a una fila de hormigas, que aprecien el funcionamiento de un hormiguero. No servirá. En ese momento, estás siendo una animadora de ludoteca. Tienen que ser ellos los que decidan que mola poner un obstáculo a las hormigas para ver cómo lo solventan.

Si volviera a tener hijos, prescindiría de casi todos los juguetes. Lo malo es que los padres, en el fondo, somos como los niños. Nos cuesta aceptar consejos y nos dejamos llevar por la presión del grupo. ¿Cómo aparecer en una fiesta de cumpleaños infantil con una hoja seca, un triciclo de mercadillo, un mechero o un escarabajo patatero en un bote? Nos moriríamos de vergüenza.

Pero yo, que soy de método científico, lo he comprobado. El mejor momento del verano con una sobrina de un año ha sido tenerla entretenida con unas hojas secas del jardín. Y las caras que ponía al ver que las podía romper. Las mismas que puso otro sobrino de esa edad cuando, después de apilar durante un rato las tazas de café, consiguió tirar una al suelo y que se rompiera. Hubo aplausos. Es el método de mi suegro. Comprendo que sea un poco radical, sobre todo si la taza era muy mona de la Cartuja de Sevilla. Pero el niño quedó asombrado.


Autora: Berta G. de Bea, publicado por elmundo.es, sección ZEN (Cuerpo, Mente, Bienestar), el 20/09/2016



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