X
Uso de Cookies
SLG Digital utiliza cookies propias y de terceros para mejorar la navegabilidad de nuestra página, su acceso y la personalización de nuestros contenidos. Si continúa accediendo a nuestra página, entendemos que nos otorga su consentimiento expreso para su uso. Puede obtener más información sobre las mismas y su configuración en nuestra Política de Cookies.

Concurso de Relatos Semana Cultural SLG 2016

Mi pequeña Luna

Relato Premiado

GONZAGA A LA VISTA • 31/03/2016

-Estamos en tiempos difíciles- ésa siempre es la frase con la que mi hermano empieza cada conversación familiar, bueno, por así llamarlo, porque solo estamos él y yo; ya que a nuestros padres les acusaron de ser judíos y les llevaron a un campo de concentración. No sé muy bien lo que es, pero mi hermano, Krzystof, me dijo que me lo contará cuando tenga 16 años, es decir, dentro de cinco años. Si os soy sincera, me temo lo peor ya solo por la edad mínima que me propone mi hermano para saber ese término.

Por cierto, yo me llamo Kassia, pero me conocen con el apodo de “Luna”, ya que mis padres me decían que mi sonrisa brilla tanto como la luna en el día que nací. Soy una chica delgada, de pelo castaño y largo, ojos verdes y cara normalmente manchada con polvo o cenizas, pero en el momento en el que me lavo la cara se pueden apreciar todas las pecas que marcan mi cara. Soy un poco tímida, aunque pasa lo contrario a la hora de dar mi opinión, y al ser una amante de la literatura, descubro nuevos puntos de vista, lugares y experiencias diferentes a esta zona polaca. Tengo un pequeño escondite, en la biblioteca de este municipio, que por desgracia es donde se asienta gran parte del ejército nazi; éste es un hoyo en una de las estanterías, donde es muy difícil que me encuentren ya que por dentro es como un gran laberinto literario, y a no ser que te conozcas bien la zona, es imposible encontrar a algo o alguien. Utilizo este escondite cuando van a revisar nuestras viviendas para ver si encuentran algo fuera de lo normal, o que les pueda perjudicar; como armas ilegales o personas sin papeles. Aquí puedo resguardarme a la vez que leo usando una pequeña linterna que se le cayó a un soldado cuando hizo una de las primeras revisiones a nuestra casa.

Una fría tarde de abril, salí a la calle a informarme sobre lo que está sucediendo en esta Guerra que parece estar sacudiendo al mundo entero, andaba por las calzadas mojadas por lluvias anteriores mientras escuchaba a algunas personas lamentándose y preguntándose “¿Por qué nos tenía que tocar a nosotros?” y a otras muchas comentando sobre otros temas para desconectar de la mala situación aunque sea por unas horas. Decidí colarme otra vez por el hueco de la valla de la biblioteca, y meterme por una de las cavidades por donde entraron los soldados que fueron a quemar ciertos libros (ahora les ha dado por quemar libros para que la gente no se haga lo suficientemente culta como para poder mantener un argumento en contra de los pensamientos de los alemanes nacional-socialistas). Transcurridas dos horas de reloj, que para mí fueron unos cuantos capítulos y 20 hojas de “Los Pilares de la Tierra”, los almirantes salieron a dar el toque de queda, y tuve que ir a escondidas a casa para que no descubriesen que estaba leyendo, que por aquí está mal visto.

Al llegar  Krzystof me estaba esperando con cara de pocos amigos, con su pelo moreno bien peinado y su traje de soldado de color oscuro parecía el famoso Conde Drácula. Me miró, y empezó a regañarme:

-Luna, has estado en la Biblioteca, ¿verdad?- Dijo mirando al libro que asomaba de mi abrigo.

-Ya te sabes la frase; “la lectura fomenta la cultura”- Respondí.

Él sonrió, como suele hacer cuando se me escapa esa muletilla que tengo, decir: “ya te sabes la frase” y contar un dicho popular o escrito en mis libros favoritos. Pero dejó de sonreír y volvió a fruncir el ceño, lo que es normal en él, y añadió:

-Ya sabes que como te pillen estás en un buen apuro, ¿no?

-Pues me traeré los libros aquí, si no hay remedio- Dije.

-Creo que no me estás entendiendo- Comentó.

- No, creo que no me entiendes tú. Lo que están haciendo es someternos y no dejarnos que nos quejemos; nos están quitando cultura para que no sepamos cómo debatirles. ¡Y tú les estás ayudando!- Chillé.

Entonces, Krzystof, me arrancó el libro que llevaba en las manos, y lo tiró a la hoguera que estaba aguantando este frío polar.

-No nos dejan ni leer, a lo de “un país libre” tampoco le hacen mucho caso… ya te sabes la frase: “La libertad, Krzystof, es uno de los más preciados dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre”.

-Sabes que no sé a qué te refieres, pero,-y continuó- si tanta cultura te dan esos libros, di algo con tus propias palabras.

- Está bien -dije segura- vosotros los soldados os aferráis a vuestras escopetas como esclavos que se aferran a sus cadenas pensando que les dan libertad. Os están dominando las mentes para que penséis como ellos y hagáis lo que quieren, cuando tengan lo que desean, acabaréis igual de quemados que esa porción de cenizas que hace unos minutos era un libro. Si eres judío, te matan; si te quejas, te matan; si lees, te matan; si no piensas como ellos, te matan.

-Ya, pero -me interrumpió- yo he sido listo y “ya te sabes el dicho, niñita”: si no puedes contra alguien, únete a él. Yo he sido inteligente al alistarme.

-No, hermano, unirse a otros para sobrevivir y ganar incluso cuando hacen acciones que no te gustan, no es ser inteligente, es ser un parásito.

-La niña se pone furiosa, ¿eh?, ¡A la cama niñata! -me gritó.

A la mañana siguiente, fui enfadada a la biblioteca municipal para pasar el día leyendo, como solía hacer muchas veces, estuve horas y horas hasta que el sol se ocultó por el oeste al atardecer. Se veía bien desde las ventanas de la biblioteca, cómo el anaranjado y rosado cielo se iba oscureciendo y daban la bienvenida a una luna creciente. Estas vistas me transmitían una sensación de calma, hasta que tres sombras de avionetas surcaron el cielo produciendo un estruendo con sus hélices delanteras y el sonido de balas, que se mezclaban discordemente con el rebote de éstas en el metal de las paredes de algunos edificios. Decidí, sin pensar mucho, ir a comprobar si eran amigos o enemigos, pero al ver que al pasar de largo, giraban y volvían como águilas que no habían cazado en su primera bajada a la superficie me di cuenta del problema. En el metal parcialmente oxidado de las avionetas se podían apreciar unas líneas rojas con bordes blancos en un rectángulo de fondo azul. Según el mapamundi que había colgado en la entrada, al lado de los percheros donde había dejado mi abrigo, se trataba de ingleses que me parece que por los alemanes no son muy bien recibidos. Al escuchar el sonido parecido al de un trueno, pero a unos cuantos metros, decidí volver al agujero donde estaba, formar una barricada con las enciclopedias de gran volumen, e intentar olvidarme de todo.

Por desgracia, una bomba cayó a unos 15 metros de la biblioteca, con la mala suerte de que llegase la explosión tirando una estantería abajo, dejándome atrapada, y por si fuera poco, todo incendiándose. Vi cómo los libros que había nada más entrar y los de alrededor, ardían como el mío de ayer. El humo no me dejaba respirar bien; no podía hacer nada, entonces, entre tanto ruido y tantas voces, le escuché, todo se paró para mí, era una situación extraña, veía una luz detrás mío, y oía una voz que se dirigía a mí desesperadamente.

-¡Luna! -gritaba él- , ya sabía quién era, mi hermano, corría hacia mí como si no hubiese nada más importante, cuando llegó, entre lágrimas dijo: No te va a pasar nada Kassia, mi pequeña Luna, no te va a pasar nada.

Intentó levantar las estanterías, pero al no poder, decidió arrastrarlas, y, aunque me doliese algo en el tobillo, tenía buenas intenciones. Entonces me cogió, me llevó a espaldas, y, con la cara llena de cenizas y lágrimas, me dejó en el suelo y dijo:

-Lo siento mucho, siento no haber… no poder… no saber cómo… no sé qué decir, cómo ayudarte, no lo sé…

- (Tosí), bueno, ya te sabes la frase (tosí un par de veces más): “Se perdona mientras se ama” – Segundos después, me desmayé.

Dos semanas después, abrí los ojos, al principio todo era borroso y no se apreciaba nada, pero al cabo de unos segundos, lo primero que vi fue a mi hermano, otra vez lloroso, pero ahora de la emoción, corría hacia mí con una cara de felicidad sobrenatural, su pelo despeinado daba señales de que me había esperado desde entonces.

-¡Mi pequeña Luna! ¿Estás bien? ¿Quieres algo? ¿Necesitas que…?

- No -le interrumpí- pero, ¿qué pasa con la guerra?

- Estamos perdiendo la guerra, pero no me importa mientras tú estés aquí, Luna.

-Y qué pasará si… pero si entonces… y luego… si perdemos…

-Bueno, ya te sabes la frase; Te quiero, mi pequeña Luna.


Autor: Guillermo Capmany- 2º de Educación Secundaria Colegio Privado San Luis Gonzaga





Búsqueda por fechas
hasta

NOTICIAS MÁS LEIDAS