X
Uso de Cookies
SLG Digital utiliza cookies propias y de terceros para mejorar la navegabilidad de nuestra página, su acceso y la personalización de nuestros contenidos. Si continúa accediendo a nuestra página, entendemos que nos otorga su consentimiento expreso para su uso. Puede obtener más información sobre las mismas y su configuración en nuestra Política de Cookies.

Espíritu de la Navidad

OPINIÓN • 24/12/2015

El oscarizado José Luis Garci comentó hace algunos años que no había logrado reflejar en una secuencia cinematográfica el espíritu de la Navidad, y que no conocía ningún film que lo hubiera logrado, ni siquiera el mítico “¡Qué bello es vivir!”, de Frank Capra.

Difícil tarea, parece. Pero yo sólo pretendo compartir algunas sencillas consideraciones, porque, para un cristiano, otra Navidad sí es posible.

Dice un mito hindú que la diosa Maya cubre la realidad con un velo de ilusión para hurtar a los pobres mortales la contemplación del mendo tal cual es. Creo que la tradición, en particular en estas últimas décadas, ha cubierto con un velo de luces de colores, de música de villancicos, de disfraces infantiles de ángeles y pastores, de comidas, de regalos, de fiestas… la realidad de la Navidad cristiana, tal vez para no enfrentarnos al compromiso al que se nos invita y que nos resistimos a asumir.

Levantemos suavemente ese velo tratando, una vez más, de interpretar la buena nueva que nos llega de parte de Dios en las primeras páginas de Mateo y Lucas, los únicos evangelistas que nos hablan de la Natividad del Señor.

Hace ahora tres años, antes de su dimisión, Su Santidad Benedicto XVI publicó un librito: “La infancia de Jesús”. El escándalo, farisaico naturalmente, fue considerable. Todo porque parecía ponerse en duda a figuritas del belén tan entrañables como la mula y el buey y los Reyes Magos. Lo importante, parecía, no era entender el mensaje que el Papa quería descubrirnos. No. Lo verdaderamente interesante para la prensa amarilla, rosa, verde o marrón, era haber “pillado” al Papa en un “renuncio” que le enfrentara a sus propios fieles. El escándalo es lo que vende.



¿Es razonable añadir más combustible a esa hoguera, siguiendo en la línea que el Papa proponía? No lo pretendo. Pero, tal vez, abrir un camino de reflexión en torno a los acontecimientos de fechas tan relevantes no sea perder el tiempo.

Notemos de entrada, porque, tal vez, parte del problema arranque de este punto, que estas páginas de la Escritura no son una crónica en sentido moderno, sino más bien  una catequesis. Mateo y Lucas no son historiadores, son misioneros, apóstoles, predicadores, testigos fieles de una fe que llena sus vidas y que pretenden contagiar.

Niños y mayores nos afanamos estos días en montar el belén, esa costumbre introducida por el dulce Francisco de Asís a comienzos del siglo XIII, después de su viaje a Tierra Santa, del que volvió impresionado e ilusionado.
Pero ¿Jesús nació en Belén o en Nazaret? Mateo y Lucas nos hablan de que nació en Belén, aunque en ninguna otra parte del Nuevo Testamento se alude a este origen de Jesús. Se le relaciona siempre con Nazaret, se le llama nazareno, en Nazaret está su taller de carpintería y allí viven sus “hermanos” y demás  familiares. La afirmación del  nacimiento en Belén, ¿tiene algún sentido especial, aún cuando no sea históricamente seguro?

Hay detrás un mensaje teológico: Jesús es el Mesías, de la estirpe de David, y según la profecía debía nacer en Belén, cuna del gran Rey (Miqueas 5, 1). Si de hecho nació en Belén o en Nazaret es secundario. El mensaje clave es que es el Mesías prometido, en quien se cumplen, como constantemente recuerda Mateo, todo lo que sobre Él habían dicho los profetas.

Y ¿qué día nació? Es dudoso que naciera un 25 de Diciembre, si tenemos en cuenta un detalle que leemos en Lucas (Lucas 2, 8), que los pastores pasaban la noche al raso cuidando sus ovejas. En Diciembre en Belén hace demasiado frío. Sabemos que la fecha del 25 de Diciembre se fijó en el siglo IV, cuando el emperador Constantino se convirtió al cristianismo y quiso cristianizar la fiesta del “Sol Invicto” (Saturnales), que los romanos celebraban en esas fechas, en medio de excesos incompatibles con la nueva moral. Son las fiestas del solsticio de invierno, los días comienzan a crecer y las noches, con lo que representan de oscuridad, tinieblas, temor, delitos…, a menguar. De ahí las grandes fiestas en honor del sol que triunfa de la oscuridad. En adelante se celebró la fiesta del “Sol de Justicia”, del Mesías, purificada de las prácticas paganas. Si esto es así, es probable que Jesús naciera en Marzo o Abril.

Y ¿en cuanto al año? Si Jesús marca el inicio de la era cristiana, debería haber nacido el año uno. Sin embargo, debió nacer entre el 7 y el 4 antes de Cristo. ¿Cómo se explica? El calendario romano tomaba como referencia la fundación de Roma. Pero en el siglo VI, un monje y eminente matemático, que formaba parte de la curia romana, Dionisio el Exiguo, el Pequeño, fijó el nacimiento de Cristo el año 754 de la fundación de Roma. Se equivocó. Por crónicas fidedignas sabemos que Herodes murió el año 750 y, por tanto, Jesús tuvo que nacer antes, tal vez dos o tres años antes, si nos atenemos al cálculo que hace el propio Herodes mandando matar a los niños menores de dos años. Si esto es así, Jesús debió nacer hacia el 748 de la fundación de Roma y tendría unos 6 años en la fecha fijada por Dionisio, luego nació hacia el año 6 antes de Cristo. Es simplemente curioso, no tiene otra relevancia.



¿Nacería en una cueva o en una casa? Mateo no nos habla de cueva, de animales ni de pastores. En cambio dice que los Reyes “entraron en la casa, vieron al Niño con su madre María y lo adoraron postrados en tierra” (Mateo 2, 11). Lucas nos dice que María “lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no había sitio para ellos en la posada” (Lucas 2, 7). La tradición añadió que se trataba de una cueva y que una mula y un buey le daban calor. Si había un pesebre, podía haber animales, pero ¿por qué una mula y un buey? Este dato tiene que ver con un texto de Isaías: “El buey conoce a su amo, y el asno (la mula) el pesebre de su dueño; Israel no me conoce, mi pueblo no comprende” (Isaías 1, 3). La piedad popular quiso representar en el buey y la mula a toda la Humanidad, que tampoco comprende lo que tiene ante su vista: “Vino a los suyos, pero los suyos no le recibieron” (Juan 1, 11).

Sólo Lucas habla de los pastores que, avisados por el ángel, van a adorar al recién nacido, llevándole sus humildes ofrendas. Todos cuantos añoraban la salvación, judíos y gentiles, están representados en estos pastores, “hombres de buena voluntad”, o mejor, tal como traducen otros, “hombres a los que ama el Señor”.

¿Y la estrella? ¿Hubo una estrella que guió a los Magos hasta el recién nacido, Rey de los judíos? Se han intentado explicaciones astronómicas más o menos afortunadas: confluencia de varios planetas, algún cometa, una supernova…De nuevo parece imponerse una explicación teológica: es la luz de la fe que se brinda también a los gentiles. Los Magos o sabios, con el tiempo Reyes, tres Reyes, representan a toda la Humanidad conocida entonces y distribuida en tres continentes: Asia, África y Europa. Es la piedad popular la que, completando el relato de Mateo, nada dice Lucas al respecto, fijó el número y los nombres. De nuevo lo de menos es si hubo o no hubo Magos y cuántos fueron. Si se habla de ellos, eso tiene que ver con la tradición según la cual el nacimiento de los grandes hombres era precedido de portentosas señales en el cielo. Y tiene que ver también con el esquema narrativo que sigue Mateo en el Evangelio de la infancia: traza un paralelismo entre la infancia de Moisés, el libertador del pueblo de Israel, y el Mesías, libertador de la Humanidad. Y así como los magos informan al faraón del nacimiento de Moisés, de igual modo los Magos informan al nuevo faraón, Herodes, del nacimiento del Rey de los judíos. De nuevo, teología, no historia: Jesús es el salvador esperado, más grande que el mismo Moisés, por eso se repiten en la vida de Aquel acontecimientos similares a los de éste.



En el mismo contexto habría que leer el episodio de los Inocentes. Sólo Mateo habla de ello y resulta difícil interpretarlo como hecho histórico. El historiador Flavio Josefo, empeñado en denigrar la figura de Herodes, cuenta muchas de sus tropelías, pero nada dice de este hecho. Resulta extraño. Además, la noticia de una tal barbaridad habría llegado a Roma,  habría dejado rastro en las crónicas de la época, y Herodes habría tenido, probablemente, un castigo ejemplar. Nada de eso ocurrió, tal vez porque de nuevo estamos ante una lección de teología y no de historia: como el faraón mandó arrojar al Nilo a los hijos de los hebreos, pensando con ello acabar con el libertador de Israel, así Herodes manda matar a los niños menores de dos años, de Belén y alrededores, para eliminar entre ellos al Rey de los judíos. Una vez más se resalta la dignidad mesiánica de la figura de Jesús. Y una vez más se insiste en el cumplimiento de la profecía: “Es Raquel (la esposa de Jacob y madre de José y Benjamín, enterrada cerca de Belén) que llora por sus hijos, y no quiere ser consolada porque ya no existen” (Se refiere al destierro de las tribus de Benjamín y de Efraín y Manasés, hijos de José). (Jeremías, 31, 15). Mateo interpreta este texto en sentido mesiánico, como se ve.

Las notas que preceden, apenas un esbozo, quisieran ser una invitación para volver, de forma reflexiva y adulta, a leer no sólo esas páginas del Evangelio, sino también el resto. Nos fiamos, como puede apreciarse, más de Santo Tomás (fides, rationabile obsequium), que de Tertuliano, por muy rotundo que suene el “credo, quia absurdum est.

Pero volviendo a la pregunta inicial, ¿cuál es el sentido cristiano de la Navidad?

Jesús es la Palabra definitiva que Dios dirige a la Humanidad: “La Palabra (El Hijo de Dios) se hizo hombre y acampó entre nosotros” (Juan 1, 14). No hay nada más grandioso que Dios pueda decir ni ofrecer al hombre que hacerse uno más y compartir la existencia humana sin restricciones ni privilegios: “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Juan 3, 16). Por eso, “cuando llegó la plenitud de los tiempos, Dios envió a su propio Hijo” (Gálatas 4, 4), “el cual, a pesar de su condición  divina, no hizo alarde de ser igual a Dios, sino que se vació de sí mismo y tomó la condición de esclavo, haciéndose semejante a los hombres” (Filipenses 2, 7-6), “ya que, como nosotros, ha sido probado en todo menos en el pecado” (Hebreos 4, 15).

Quiso compartir con los hombres el frío, el calor, el hambre, la sed y la fatiga, la incomprensión, el abandono, la traición, el dolor y el sufrimiento, hasta la muerte, y una muerte de una inaudita crueldad. Pero todo ello no fue el fatal resultado del pecado de Adán y Eva, (¿cómo podría el hombre condicionar en nada la acción de Dios?), sino la culminación de “su secreto designio, establecido de antemano por decisión suya, que se había de realizar en Cristo al cumplirse el tiempo: que el Universo, lo celeste y lo terrestre, alcanzaran su unidad en Cristo” (Ef 1, 9-10).

Esta podría ser una síntesis del mensaje de la Navidad: Dios que nos ama hasta el extremo ha querido elevarnos a la dignidad de hijos de Dios en Cristo. Y éste es el gran motivo de alegría para los cristianos, de ahí brota el deseo de fiesta, de celebración… Un deseo expansivo, compartido… Dios no es el obstáculo para la realización del hombre, Dios es su gran oportunidad. Una oportunidad que se ofrece a todos los que saben amar: “Quien no ama no conoce a Dios, porque Dios es amor” (1 Juan 4, 8). Y de aquí deriva el testamento de Jesús: “Os doy un mandamiento nuevo: Amaos los unos a los otros. Como yo os he amado, así también amaos los unos a los otros. Por el amor que os tengáis los unos a los otros reconocerán que sois discípulos míos” (Juan 13, 34-35).

Después de tantas Navidades, cuando vuelvo la vista atrás, desde el penúltimo recodo del camino, acuden a mi memoria, antes que nada, las Navidades de mi infancia, en aquella humilde casa de pueblo, en los años de la postguerra, donde no había casi de nada, con el tío Dionisio y la tía Pepa, nuestros vecinos, cantando villancicos y contando historias, y donde sobraba, ¡y en qué medida!, el afecto, el cariño, la amistad, el calor de hogar. Tal vez el enorme vacío que deja la falta de lo único fundamental, “en el atardecer de la vida se nos juzgará sobre el amor”, nos ha llevado a cubrir con el velo del jolgorio desmedido, del ruido, las luces y la fiesta… lo que todo hombre añora y que, como el ciudadano Kane, echamos de menos cuando ya casi nada nos queda por esperar.

Alguien, a quien estimo en especial, me contaba que sus padres educaron a todos los hermanos, son cuatro, en la sobriedad y la solidaridad, en especial en estas fiestas: los Reyes Magos, les decían, tienen que repartir bien los regalos para que lleguen a todos los niños. Es la lección que han trasmitido a la siguiente generación. Y no es, se lo puedo asegurar, por motivos económicos.

Hoy, cuando el lamento de tanto dolor, de las enfermedades, epidemias, hambre, pobreza, incluso miseria, llega hasta nuestras puertas y se eleva hasta el cielo, parece que se impone una Navidad más sobria, más moderada, mucho más solidaria, y no sólo por motivos religiosos, sino por sentimientos puramente humanitarios.
Sí, creo yo, otra Navidad  debe ser posible, la de la solidaridad con el inmigrante, con el pobre, con el enfermo, con el marginado, con el perseguido… La Navidad del compartir con el Jesús, que viene, para que no suceda como entonces, que “vino a los suyos, pero los suyos no le recibieron” (Juan 1, 11).


Autor: Profesor Félix Elena Villaverde - Colegio Privado San Luis Gonzaga Majadahonda



Búsqueda por fechas
hasta

NOTICIAS MÁS LEIDAS
Noticia
Educar en la realidad
OPINIÓN • 19/04/2018
Catherine L´Ecuyer es canadiense, abogada, afincada en Barcelona y madre de cuatro hijos. En la actualidad se dedica a investigar, escribir e impartir conferencias sobre temas de educación. Su libro “Educar en el asombro” fue un auténtico éxito. Y este segundo libro “Educar en la realidad” aún puede superarle. A una primera lectura puede parecer que este ensayo contiene una reconvención a las NT aplicadas a la educación. Creo que no. Más bien es un libro que rompe mitos y propone alternativas veraces y concretas para educar a nuestros niños en general, para que se formen como personas maduras, libres, autónomas, empáticas, críticas, a fin de poder aprovechar positivamente las potencialidades que ofrecen las NT.
Noticia
Carpe Diem
OPINIÓN • 06/04/2018
Carpe Diem, dos palabras que tienen un significado importante y hasta que no te das cuenta no lo valoras, como esa frase mítica que tanto nos repiten: "nunca te das cuenta de lo que tienes hasta que lo pierdes". El reloj marcaba las seis de la tarde y ahí estaba yo en esa sala sola con él, uno de los hombres más valientes que conocía, un influyente para mí, alguien que me ha hecho reír y siempre me repetía una y otra vez esa frase de "vive el momento". Y hasta hace unos minutos no sentía de verdad esas palabras. Tenía los ojos vidriosos de verlo en esa situación, de ver a mi abuelo con un montón de tubos que recorrían su cuerpo. De repente unas palabras salieron de su boca e hizo una pregunta: ¿Miriam, eres tú? Me giré y me acerqué a él. —Hola abuelo —dije a punto de llorar—. Lo abracé y él siempre con su humilde sonrisa me contestó: —Veo que estoy en mis últimas —reí ante esas palabras porque aunque me dolieran, él siempre sabía hacerme reír. Y le contesté: —Has despertado del coma abuelo, voy a avisar a las enfermeras.