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San Luis Gonzaga, mi colegio

OPINIÓN • 06/11/2015


-    Mami, ¿por qué mi cole se llama San Luis Gon... zaga?

El pequeño se trabó un poco, hizo un esfuerzo, tomó carrerilla y soltó aquella última palabra, poco usual y demasiado difícil para él.

-    No sé, cariño. Le preguntaremos a tu seño quién fue San Luis Gonzaga.

-    ¡Sí, que mi seño lo sabe todo!

Se miraron los dos y la mamá sonrió satisfecha de la curiosidad de su hijito, “buen síntoma”, pensó, y admirada de su infantil ingenuidad.


Hijo mayor de Ferrante, marqués de Chatillon de Stiviéres y de  Marta Tana Santena, dama de honor de la reina en la corte de Felipe II, nació Luis Gonzaga en Castiglione, Lombardía, Italia, el 9 de marzo de 1568. Vivió de corte en corte, siguiendo el destino de su padre, comandante de los ejércitos del Rey, y, como correspondía a su rango, recibió una esmerada educación.

Desde pequeño mostró gran interés por la milicia. Sus juguetes eran la coraza, el casco y la espada. Incluso, apenas cumplidos cinco años, acompañando a su padre, convivió un tiempo con los soldados, que estaban en campaña. Un día, mientras dormían la siesta, aprovechó la distracción de un centinela y disparó un cañón, con gran alarma de toda la compañía.

Desde los siete años tuvo muy claro lo que quería ser en la vida. Se propuso ser santo. Una enfermedad que le postró en cama, cuando tenía once años, le dio la oportunidad de leer “Vidas de Santos”, lo que le confirmó en su deseo de santidad.

A los trece años recibió la primera comunión de manos de otro santo, San Carlos Borromeo, obispo de Milán, que, según confesó, nunca había encontrado tanta sabiduría e inocencia a tan temprana edad.

Siguió moviéndose de corte en corte, pero, a pesar de vivir en el lujo, entre bellas damas a las que por su porte, su bondad, su inteligencia y su apellido, no resultaba indiferente, preservó la virtud hasta el punto de no haber cometido nunca un pecado, según reconoció su confesor. Había prometido, para conservar mejor la castidad, según pensaba, no mirar nunca a la cara a una mujer y  cumplió su promesa, excesiva, sin duda.

Un día, mientras rezaban, oyó comentar a su madre: “Si Dios se dignase escoger a uno de mis hijos para su servicio, ¡qué dichosa sería yo!”. “Dios me escogerá a mí”, le había respondido Luis al oído.

Pero D. Ferrante quería para su hijo una brillante carrera diplomática, e hizo lo imposible por quitarle la idea de ser religioso. Le encomendó una delicada misión diplomática en las cortes de Ferrara, Parma y Turín. Luis resolvió brillantemente su cometido, pero siguió entregado a la oración, al estudio y a la penitencia, de modo que en medio de la corte vivía como un verdadero religioso. “Todavía sigues deseando ser sacerdote”, le preguntó su padre. “En eso pienso noche y día”, le respondió.

Finalmente, recién cumplidos diecisiete años, Luis obtiene la aprobación del progenitor y el consentimiento del emperador, renuncia a los derechos de sucesión a favor del hermano menor, Rodolfo,  e ingresa, como novicio, en la Compañía de Jesús, en Roma,  con una carta de presentación de su padre: “Os envío lo que más amo en el mundo, un hijo en el cual toda la familia tenía puestas sus esperanzas”. Y no se vieron defraudadas, nadie dio nunca tanta gloria a la familia Gonzaga.

Al poco, completamente transformado, lleno de paz y consuelo, murió D. Ferrante,  feliz de ver a su hijo jesuita.
Las ansias de santidad se le acrecentaron, una vez convertido en religioso. Los superiores debieron vigilarlo para que no acabara arruinando su salud, porque ayunaba a pan y agua varios días a la semana, pasaba largas horas rezando de rodillas, dormía en un pobre jergón sobre el duro suelo, tiritando de frío en el duro invierno…

Mientras, fue completando los estudios que había comenzado en la Universidad de Alcalá de Henares. En Milán, primero, y en Roma, después, siguió la carrera eclesiástica.

En 1591, durante la peste que se declaró en la Ciudad Santa, Luis pedía limosna de puerta en puerta, para atender a los enfermos del hospital que habían abierto los jesuitas. Hasta que, a fuerza de insistencia, obtuvo permiso de sus superiores para cuidar a los moribundos. Acabó contagiado de la peste.

Sabiendo que el fin estaba cerca, sin perder la alegría decía a los presentes:

-    ¡Ya nos vamos, padre, ya nos vamos…!
-    ¿A dónde, Luis?
-    ¡Al cielo!
-    ¡Oigan a este joven! -exclamó el padre superior-. Habla de ir al cielo como nosotros hablamos de ir al pueblo vecino.

Luego, con el nombre de Jesús en los labios, entregó su espíritu al Señor el 21 de Junio de 1591. Tenía 23 años.


Las estampas, cuadros y esculturas suelen representar a San Luis Gonzaga como un jovencito dulce, de aspecto débil y enfermizo. No transmiten su carácter varonil y su indomable voluntad, siempre “Ad Maiorem Dei Gloriam”, según reza el lema de la Compañía de Jesús.

Si dejamos de lado algunas exageraciones, fruto de un encomiable impulso juvenil, pero mal encauzado, y del contexto religioso-cultural de la época, encontramos en el Santo un puñado de virtudes válidas para ayer, para hoy y para siempre:

Unos sólidos principios perfectamente definidos a la temprana edad de diez años. En un mundo de valores cambiantes, relativista, “líquido”, como el nuestro, vendría bien un poco de la claridad y firmeza que adornaron a San Luis Gonzaga.

Una fuerza de voluntad a toda prueba, capaz de superar los halagos de la corte y sobreponerse incluso a los deseos de su padre, recio militar.

Una generosidad fuera de lo común, que le llevó a entregar no sólo su fortuna, sino también su tiempo e incluso su vida, por los desheredados de este mundo.

Una humildad y bondad alabadas y admiradas por todos los que le conocieron.

Una gran inteligencia. Como demostró, cuando llevó adelante las gestiones diplomáticas que le encargara su padre, con torcidas intenciones, como vimos.

Una valentía y coraje encomiables: no le asustó que su piedad le atrajera las miradas de la corte, ni tratar y cuidar a enfermos de la peste, a sabiendas del riesgo que corría su propia vida.

Fidelidad a Dios y a su vocación. Él mismo reconocía que toda la fuerza la encontraba en Dios y en su filial devoción a la Virgen María.

Sólidos principios, fuerza de voluntad, generosidad, bondad, humildad, inteligencia, valentía, fidelidad… ¿No son un buen puñado de virtudes perfectamente actuales? Sin duda sigue siendo San Luis Gonzaga un buen referente para la juventud de hoy. Y un modelo de ley y verdadero. ¡Hay tantos falsos idolillos con pies de barro que cautivan a nuestros jóvenes!


Autor: Profesor Félix Elena Villaverde - Colegio Privado San Luis Gonzaga Majadahonda



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