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Joan Miró

GONZAGA A LA VISTA • 29/06/2015

Los alumnos de 1º de Secundaria han llevado a cabo en el último trimestre del curso, en sus clases de Plástica, un cuidado trabajo sobre el pintor Joan Miró, considerado uno de los máximos exponentes del Surrealismo, de manera que han reproducido la obra pictórica de este genial artista, interiorizando con ello su proceso creativo. Las obras han sido mostradas además en la Sala de Exposiciones de nuestro centro. En las distintas imágenes de esta página reproducimos algunas de esas pinturas de nuestros estudiantes, así como momentos en los que las estaban creando guiados por su profesora Sara Rodríguez, autora del artículo que podemos leer a continuación.




JOAN MIRÓ


Joan Miró i Ferrá nació en Barcelona el 20 de abril de 1893. Su padre,  arrastrado por las expectativas sociales y económicas  que ofrecía el desarrollo industrial, había abandonado el campo para instalarse en la ciudad como relojero y orfebre. La madre del futuro pintor era mallorquina, hija de un ebanista. El potencial artístico bullía, de alguna manera, en los antecedentes familiares. Los padres de Miró tuvieron dos hijos, de los que Joan era el primogénito.

Desde pequeño, Joan Miró comenzó a dar muestras de sus irrenunciables dotes artísticas. A los ocho años realizaba diversos apuntes, notables por la sencillez y gracia de sus rasgos. Poco a poco fue creciendo su interés por el dibujo y las ilustraciones. Durante las vacaciones en el pueblo de los abuelos (Montrois, Tarragona) rara vez faltaban en sus manos el cuaderno de dibujo y los lápices. Sin embargo, este afán artístico chocó con los proyectos del padre, que deseaba para su hijo un oficio respetable y de futuro; de tal modo que presionó para que Joan se matriculara en la Escuela de Comercio. Aunque Miró acató las decisiones paternas, logra también el permiso para asistir  a clases nocturnas de pintura en una Escuela de Bellas Artes.

Al finalizar los estudios de Comercio, el joven Miró consigue un trabajo administrativo,  actividad que sobrelleva con sufrimiento, hasta el punto que enferma de depresión. Unas casuales fiebres tifoideas hacen que los padres decidan enviarlo al pueblo de los abuelos para conseguir su recuperación. Allí renace el artista, dibujando paisajes, volúmenes y herramientas del campo, que le devuelven la salud y el optimismo. Su progenitor termina cediendo a la realidad de los designios. En 1912 ingresa en la Escuela de Arte de Francesc Galí. De alguna forma la voluntad artística termina imponiéndose a las adversidades. A partir de 1915 sigue clases en el Círculo Artístico de Sant Lluc. En este centro comparte enseñanzas de la vanguardia modernista y contacta con los movimientos en boga: fauvismo, cubismo, etc. Hacia 1920 se traslada a París, donde, tras pasar algunas penalidades económicas, conoce tanto a ilustres intelectuales como a pintores originales de primera línea: Paul Klee, Picasso… Así mismo, descubre el surrealismo, del que llegará a ser un encendido cultivador.

La actividad artística de Miró, a partir de la experiencia parisina, se desarrolla con algunos altibajos, tanto existenciales, como creativos. Se convierte en una de las máximas figuras del surrealismo, al que dota de reconocidos rasgos personales. Vive la experiencia de las guerras europeas (Guerra civil española, II Guerra mundial), que le obligan a continuos cambios de residencia (París, España, Mallorca), y madura su singular enfoque de la creación plástica. En 1941 inicia su presencia en EE. UU., que se consolida a partir de 1945, con su incontestable éxito en Nueva York.

Desde 1930, el creador catalán arrastra un creciente interés por distintas formas de expresión artística: decorados de ballets, collages, esculturas, vidrieras, cerámicas, etc. Su éxito en estos campos resultó apabullante. La colaboración con el ceramista Llorents i Artigas le llevó a la realización de grandes murales decorativos que engrandecieron el prestigio internacional de sus creaciones: Sede de la UNESCO en París; Universidad de Harvard; Museo Solomón  Guggenheim, de Nueva York; Fundación Maeght, de Saint-Paul-de-Vence (Francia); Palacio de Congresos, de Madrid, Mural en el hotel Hilton, de Nueva York, etc.  El mundo entero se rindió al arte del gran maestro.

La evolución artística de Miró, desde sus primeros dibujos realistas, basados en elementos agrícolas y paisajes de la naturaleza, le llevó, a través del surrealismo, sobre todo, a la configuración de un estilo propio, caracterizado por su originalidad. A nadie deja indiferente su pintura. El surrealismo onírico, de sueños fantásticos, se concreta en líneas caprichosas, juguetonas, que atraviesan espacios inesperados (negros, verdes, azules, amarillos, rojos…) y construyen figuras extrañas, inmersas en la abstracción, llenas de sugerencias y misterio. El conjunto evoca en el espectador sensaciones del subconsciente que invitan al optimismo. Esas visiones intensas, turbadoras, nacen de fantasías lúdicas plenas de vitalidad. Miró parte del esquematismo vibrante propio de las pinturas rupestres y, con la aportación del colores puros, potencia  la fluidez plástica y el equilibrio estético. De algún modo, su obra recuerda la espontaneidad y frescura de la pintura infantil, pero con un  trasfondo de ironía y reflexión.

Joan Miró falleció en Palma de Mallorca el 25 de diciembre de 1983.

Resulta muy difícil destacar las principales obras del pintor catalán sin caer en una enumeración inacabable. Recogemos solo algunas de sus composiciones más conocidas, además de los murales citados:  El juego de cartas españolas (1920); El carnaval de Arlequín (1924-1925); El nacimiento del mundo (1925); Cuerda y gente (1935); El sol rojo (1948);  Personajes y perro ante el sol (1949); Azul II (1961); El oro del azur (1967); Mujeres y pájaros (1967); La sombra de una lágrima (1973); Mujer delante de la luna (1974); Mural del aeropuerto de Barcelona (cerámicas, 1970); Mujer y pájaro (1982), etc.

Sara Rodríguez, profesora de Plástica







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